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29 de septiembre de 2026La filósofa mexicana, profesora de la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile), participó en la Udelar del seminario «Injusticias epistémicas y silenciamiento», organizado por el Instituto de Investigación en Justicia Social y Desigualdades. En entrevista con la Udelar analiza cómo los prejuicios afectan la credibilidad de ciertos grupos y por qué, aun con libertad de expresión garantizada, algunas voces quedan marginadas del espacio público.
La filósofa mexicana Miriam Jerade, profesora de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile), visitó la Universidad de la República para participar del seminario “Injusticias epistémicas y silenciamiento”, organizado por el Instituto de Investigación en Justicia Social y Desigualdades. En el encuentro, la filósofa abordó los vínculos entre silenciamiento, injusticias epistémicas y poder, y analizó las condiciones que hacen que algunas voces sean escuchadas y otras queden marginadas del espacio público.
Jerade trabaja desde hace varios años sobre la injusticia hermenéutica y, actualmente, investiga los llamados “ambientes comunicativos tóxicos”, con especial atención a las redes sociales y a las formas de agencia colectiva que pueden contribuir a generar espacios donde determinados grupos sienten que no pueden hablar o que es preferible no hacerlo.
Cuando hablamos de “silenciamiento” en el espacio público, ¿de qué hablamos exactamente? ¿En qué se diferencia este silencio de la simple ausencia de una voz o del hecho de que una persona decida no hablar?
Lo que intenté mostrar en el seminario es que hay silencios o silenciamientos que son significativos. Hay una diferencia entre el silencio de una persona que duerme o que está leyendo junto a ti en la biblioteca y un silencio que es más elocuente, que puede incluso constituirse en un acto de habla.
Además de la injusticia epistémica, me interesa pensar en esos silenciamientos que ocurren en el espacio público y que no necesariamente implican falta de palabras. Alguien puede hablar y que, por ejemplo, se distorsionen sus palabras, no se le escuche o sus palabras no tengan el efecto que busca. A eso, en la literatura, se le llama “silenciamiento”.
Yo he trabajado sobre la injusticia hermenéutica, que son las injusticias que padecemos cuando hay una falla en los recursos hermenéuticos colectivos, es decir, en los recursos interpretativos, cuando hacen falta conceptos, narrativas o guiones sociales que permitan dar sentido a la experiencia.
Los últimos siete años me dediqué a trabajar sobre esto, en relación con lo material, con el cuerpo y con las estructuras sociales. Por eso ahora estoy trabajando sobre ambientes comunicativos. Hay ambientes que silencian o que no permiten articular fácilmente ciertos conceptos que no están disponibles en el espacio público y que marginan a determinados grupos.
¿De qué manera se relaciona el silenciamiento con las injusticias epistémicas? ¿Qué se pierde, además de la posibilidad de expresarse, cuando una persona o un colectivo es silenciado?
Ya en la literatura sobre injusticia epistémica Miranda Fricker habla de silenciamiento. Ella plantea que la injusticia epistémica son las injusticias que padecemos como sujetos epistémicos. Distingue dos tipos: la injusticia testimonial y la injusticia hermenéutica.
La injusticia testimonial ocurre cuando se le da un grado de credibilidad disminuido a una persona o a un grupo por un prejuicio identitario. Cuando te creen menos por ser pobre, por ejemplo, o cuando se piensa que las mujeres son histéricas o demasiado sentimentales y entonces se le quita credibilidad a su testimonio.
El testimonio es fundamental para el conocimiento porque la mayoría del conocimiento que tenemos es testimonial, no es de primera mano. Entonces, cuando se le quita credibilidad a tu relato, de alguna manera se te excluye de la comunidad de informantes.
Para Fricker, el silenciamiento tiene que ver con lo que llama “injusticia testimonial anticipada“. Esto es cuando el ambiente comunicativo es tan hostil, o cuando has vivido tantas injusticias epistémicas y te han degradado de tu lugar como sujeto epistémico, que prefieres no dar tu testimonio. Es un silenciamiento preventivo. Tú mismo te autocensuras.
¿Puede una persona hablar y, sin embargo, estar siendo silenciada? ¿Qué mecanismos hacen que una voz sea audible formalmente, pero que no tenga efectos en el espacio público?
Ahí hay que ver caso por caso. Pero hay marcos de inteligibilidad y de audibilidad que tienen que ver con prácticas sociales. Por eso algunas voces son más audibles que otras.
Fricker decía en un texto que publicó en 2016 que, a mayor poder social, tienes mayor poder hermenéutico. Es decir, quienes tienen más poder social tienen más posibilidades de que los recursos que utilizamos para entender el mundo y para interpretarlo estén disponibles.
¿Qué papel juegan los prejuicios sobre la credibilidad de determinados grupos en la producción de estas formas de silenciamiento?
Juegan un papel importante. Si bien en esta teoría los prejuicios no son solamente negativos, Miranda Fricker dice que son heurísticos y toma una teoría de Edward Craig para mostrar que ya en el estado de naturaleza existen prejuicios, conocimiento y credibilidad como elementos de gran valor.
Por ejemplo, si estoy en un lugar y veo un hongo, puedo preguntarme a quién le consulto si es venenoso. Quizás no le pregunte a los niños, porque pienso que no han visto a alguien morir comiendo ese hongo, y quizás le pregunte al más anciano del pueblo. Ahí estoy utilizando mis prejuicios.
El problema es cuando esos prejuicios generan injusticias. Por ejemplo, cuando no les creo a niños que están dando testimonios de abuso sexual porque pienso que fantasean, que no entienden bien lo que pasa o que no saben. Entonces degrado su testimonio. Ahí hay una injusticia.
¿Hasta qué punto los medios de comunicación o las redes sociales reproducen estas injusticias epistémicas?
Eso es algo que estoy elaborando más en mi nuevo proyecto, que es sobre ambientes comunicativos tóxicos. Ahí estoy trabajando mucho más cuestiones de redes sociales y de la manosfera, y en qué sentido hay una agencia colectiva que va creando un ambiente que también silencia.
Hay ambientes que pueden ser tan agresivos, tan tóxicos, que la persona siente que no puede hablar o que es mejor no decir nada.
En una democracia, en la que se garantiza formalmente la libertad de expresión, ¿cómo se pueden identificar estas formas de silenciamiento cuando no hay una censura explícita por parte del Estado?
Hay exclusiones internas, que implican una falta de representación de ciertos grupos, pero también hay exclusiones que aparecen cuando esos grupos ya ganan representación. Se evidencian en cómo se distorsionan sus palabras o en que sus palabras no tengan efectos.
Parte de lo que discutimos en el seminario fue un trabajo que hice con otros dos investigadores en Chile, Leandro De Brasi y Fabien Le Bonniec, sobre el silenciamiento de las demandas mapuche en los procesos constituyentes.
En el primer proceso hubo 17 escaños reservados, es decir, había representación y estaban, de alguna manera, sus demandas. Sin embargo, ciertos prejuicios movilizados durante la campaña por el rechazo sirvieron para silenciar esas demandas y distorsionarlas, haciendo que una demanda de derechos se entendiera como una demanda de privilegios.
Comenzó a instalarse la idea de que ellos se iban a convertir en ciudadanos de primera y los chilenos en ciudadanos de segunda. Cuando se llega al segundo proceso, y sobre todo a lo que está en el intermedio, que es un consejo de expertos, ya era imposible hablar de derechos para los pueblos originarios. En cuanto intentabas decir algo, te decían: “Eso ya se rechazó”. Esas demandas, que son históricas, quedaron silenciadas de otra manera.
También planteaste la cuestión de los silencios elocuentes o los silencios de resistencia. ¿Cómo se puede distinguir un silencio impuesto de un silencio que en realidad es una forma de protesta política?
Lo que hice en el seminario fue hacer distinciones, algo que hacemos mucho en filosofía. Hay silencios o silenciamientos que son dañinos y otros que no se pueden considerar tanto como un daño.
Por ejemplo, si alguien está hablando en el teatro cuando ya empezó la función y le hago shhh, no necesariamente estoy causándole un daño moral o psicológico. No es lo mismo que cuando silencias un testimonio de abuso sexual.
En la literatura sobre silenciamiento, desde la filosofía se ha tendido a pensar que quien calla otorga; es decir, que todo silencio es un asentimiento. Y en algunos casos lo es, incluso culturalmente. Por ejemplo, en una boda, cuando preguntan si alguien tiene alguna razón para impedir el matrimonio, normalmente hay un silencio que es una convención.
Pero no todos los silencios son una aceptación o una celebración. Hay silencios que pueden ser de resistencia, como el de alguien a quien están tratando de sacarle información y no habla. ¿Qué pasa en la tortura? Justamente porque la persona está dando signos de dolor y sufrimiento, algo que normalmente implica como consecuencia que pare el dolor o que alguien la socorra, y lo que hay es un aumento del dolor.
¿Qué consecuencias tiene para una democracia que determinados grupos sean sistemáticamente silenciados o desacreditados como productores de demandas o de conocimiento?
Es el problema de las democracias. Y por eso este tipo de teorías van un poco a contracorriente de las teorías de la acción comunicativa, en lo que implica una racionalidad universal en donde supuestamente cada quien va dando sus argumentos.
Si hay un discurso de odio, se supone que tú contrapones más argumentos. Pero no todas las voces tienen la misma audibilidad y no siempre se puede simplemente rellenar con más lenguaje la violencia del propio lenguaje. Incluso ahí, el silencio puede ser más resistente que seguir hablando.
Si el problema no consiste solamente en permitir que las personas hablen, sino en garantizar que sean escuchadas, ¿qué transformaciones deberían producirse desde las instituciones del Estado y en el espacio público para alcanzar una mayor justicia epistémica?
El problema de la justicia epistémica es grande. Yo lo he abordado desde el activismo lingüístico, conceptual y narrativo, pero ahora que estoy trabajando más en ambientes comunicacionales, pienso que también hay que transformar la agencia colectiva y el ambiente comunicacional. Sí creo que es una noción muy absurda pensar el lenguaje como una etiqueta que ponemos a las cosas y que, si cambiamos las etiquetas, cambiamos los hechos sociales.
El lenguaje es parte de las prácticas sociales y los cambios conceptuales muchas veces surgen a partir de cambios en esas prácticas. Puede haber una mejora o un cambio conceptual, pero no es que los filósofos seamos los “ingenieros conceptuales” que vamos mejorando el mundo. Son los propios activistas y los movimientos sociales quienes producen esos cambios, y además siempre están en pugna porque también existen estructuras que son muy resilientes al cambio.






